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Las razones por las cuales no se modifican los fallos en las peleas de boxeo

18 julio, 2015 04:56 p.m.

BÁRBAROS, ¡LOS FALLOS NO SE MODIFICAN!

Por Eduardo Lamazón  @Lamazon_oficial

Me entero con estupor que el Consejo Mundial de Boxeo cambió el resultado de la pelea entre Mariana Juárez y Vanesa Taborda a 'No Contest'. El sábado, cuando pelearon, los jueces habían hecho vencedora a Juárez en una mala de decisión.

Me digo que no puede ser verdad, la primera ley del boxeo es: LOS FALLOS NO SE MODIFICAN. No se modifican, con una sola excepción: cuando hay positivo de drogas.

En junio de 1995 la Comisión de Boxeo del Distrito Federal, en México, que presidía David García Estrada, anunció su intención de autorizar la revocación de fallos "cuando el caso lo amerite", y se le echó el mundo encima. Por fortuna pudimos abortar la extravagante idea. Ningún caso lo amerita.

La irrevocabilidad de los fallos es algo sagrado, la esencia del boxeo, la única garantía de respeto al espectador.

Todo lo que vale en este mundo tiene un precio. El precio de esta regla de oro, una de las conquistas fundamentales del boxeo organizado, es que ocasionalmente puede soportar una injusticia.

Aun así, los fallos que se dan al final de las peleas, no se modifican, por las siguientes razones:

- Entre dos males, hay que escoger el menor.

- Las protestas se multiplicarían al infinito, y tras cada pelea el perdedor iría a pedir el cambio de fallo.

- Es peligrosísimo dejar una puerta abierta para que la calificación de lo peleado, que es lo que importa, se pueda cambiar días más tarde con motivo de otras apreciaciones.

- Es absurdo que los aficionados vean ganar a uno el sábado, y se enteren por el periódico del jueves que ganó el que perdió.

- Ya no habría garantías de nada, salvo de desorden.

- ¿Quién traza la raya para diferenciar qué peleas de fallo controvertido deben ser enmendadas? ¿Las de 4 puntos mal sí y las de 3 puntos mal no?

- La revocación de un fallo crea un precedente. Jurisprudencia se llama en el mundo del derecho. El que viene detrás alegando haber sido perjudicado con una decisión también tiene derecho a ser atendido.

Terminada una pelea empezaría la lucha de presiones, padrinos, influencias y opiniones espontáneas en un territorio en el que a veces encontrar dos expertos es difícil.

En la historia del boxeo están los fallos revocados como una mancha ominosa, y siempre los hemos considerado una vergüenza que no debe repetirse.

Una de las mayores sinrazones se registró cuando Abe Attell peleó con Jack Dempsey, un peso pluma de Colorado, el 3 de septiembre de 1901 en Pueblo, California, precisamente la pelea previa a aquella en que Attell ganó el título al gran George Dixon. El primer veredicto del réferi (que era el único que daba el resultado) favoreció a Dempsey, pero poco después dijo que se arrepentía y que mejor declaraba un empate. Se armó un escándalo de proporciones bíblicas y como las protestas no cesaban más tarde le dio la victoria a Attell en veinte rounds.

Otra perla que nos aporta la historia la hallamos en la pelea entre Jack McAuliffe, el invicto campeón ligero, y el welter Tommy Ryan. Fue en Scranton, Pensilvania, el 30 de septiembre de 1897.

Resulta que la pelea estaba arreglada, pero no le informaron bien al réferi Pat Murphy, y éste le dio la decisión a Ryan, a pesar de que lo mejor lo había hecho McAuliffe. El acuerdo era que se daría un veredicto de empate, pero McAuliffe tenía el compromiso de no presionar a su rival que era notoriamente inferior en calidad.

Por alguna razón el réferi entendió que la decisión sería para Ryan si terminaba de pie.

Cuando después de la pelea se armó un alboroto monumental, Murphy cambió de parecer y le adjudicó el triunfo a un furioso McAuliffe que no cesaba de protestar y decir que en el segundo round dejó revivir a Ryan después de tenerlo noqueado.

Este insólito enredo terminó siendo el primer cambio de una decisión que se recuerda.

Después, hubo muchos. Willie Lewix vs Dixie Kid en Francia en 1911; Packey O'Gatty vs Roy Moore en Nueva York en 1921; Mike McTigue vs Young Stribling en Georgia en 1923; y hasta una pelea de Ray Robinson vs Gerhard Hecht en Berlín en 1951.

La Asociación Mundial de Boxeo en 1981 declaró campeón mundial superpluma al chileno Benedicto Villablanca sobre el ring, pues le había ganado al puertorriqueño Samuel Serrano, pero cambió el resultado 19 días después y dijo que Villablanca nunca fue campeón.

En México en los años cincuenta, en la Arena México, se dio una decisión a Kid Anahuac sobre el venezolano Sony León, pero como había sido una ignominia, la Comisión cambió lo actuado y días más tarde decretó que el ganador había sido León.

Todos estos atropellos de los que cambian decisiones, son comportamientos bárbaros y arbitrarios que acercan al boxeo a una atmósfera prostibularia y nauseabunda.

El tiempo no se puede echar atrás y decir que no pasó lo que pasó. La inviolabilidad de los fallos es una conquista del público y de los boxeadores. Del boxeo.

Estoy recordando a los maestros reglamentaristas que ha tenido el boxeo, que han conseguido en un siglo que nuestro deporte evolucione hasta tener reglas casi perfectas hace 30 años. Ellos no dejaron huecos. Algunos me enseñaron lo que sé, si sé algo, y lo que me enseñaron lo respeto con devoción. Cada regla, cada palabra, se pesaba, se desmenuzaba, se decidía y se santificaba.

Los grandes reglamentaristas del boxeo. Eddie Eagan, Piero Pini, W.A. Gavin, José Sulaimán, Ícaro Frusca, Angel Auzzani, Julio Ernesto Vila, Chuck Hassett, Arthur Mercante, Frank Gilmer, John Grombach.

El tratamiento de las reglas fundamentales del boxeo es un asunto delicado, de la más eminente importancia, y sólo puede quedar en manos de entendidos, no de aventureros.

Estos son días de anunciar las puntuaciones parciales a media pelea, de nocauts en rounds que terminan peleándose los tres minutos, de romper la sagrada regla del peso que debe (debería) respetarse siempre, de dar empates en peleas titulares con el título vacante, que es legal pero demencial, de cambiar fallos dados en el ring. Y así, vamos a regresando a cuando estábamos francamente mal.

Cambiar un fallo para corregir una injusticia es un error. Es peor el remedio que la enfermedad.


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